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el mundo unido por un balón nº 12
¡Un año a lo mundial!
¡Último baile de las
LEYENDAS!
El fenómeno Haaland
Vozinha una historia viral
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El Mundial
que dejó huella
ste Mundial dejó mucho más que un
campeón. Dejó ruido, negocio, polémica,
despedidas y una sensación clara: hubo
países que llegaron a escribir historia y
otros que se fueron con más preguntas que res-
puestas. En la cancha brillaron algunos nombres,
en las tribunas se vivió una locura total y en los
despachos de la FIFA seguramente también hi-
cieron cuentas sonriendo.
Lionel Messi, a sus 39 años, dio un recital de
fútbol y goles que volvió a dejar sin discusión su
lugar en la cima. A estas alturas, hablar de él ya no
es noticia por la sorpresa, sino por la continuidad
del asombro. España también dijo presente con
fuerza y conquistó su segundo título mundial,
confirmando que su momento futbolístico sigue
siendo de los más sólidos del planeta.
Entre las grandes historias del torneo apareció
Vozinha, que con Cabo Verde se ganó un lugar en la
memoria del Mundial. Y si hubo una selección que
conectó con el público por energía y simpatía, esa
fue Noruega, empujada por el famoso “remo norue-
go” y el ya clásico “Ruuu” que terminó metiendo a
medio mundo en la broma. Erling Haaland, además
de su potencia futbolística, se llevó aplausos por el
carisma de su entorno y por esa mezcla de seriedad
y simpatía que lo hace imposible de ignorar.
Del otro lado quedaron las decepciones. Sud-
américa, salvo Argentina, ofreció muy poco de
novedoso. Alemania volvió a fallar, Uruguay no
respondió a la expectativa, Brasil quedó en deuda
y ni siquiera con Ancelotti pudo avanzar como
soñaba. Francia tampoco escapó al golpe: tenía
un equipazo, pero terminó eliminada. La única
Por
GERARDO
MEJÍA
SALVATIERRA
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nota que rescata ese paso fue Kylian Mbappé, que
terminó como goleador histórico de los Mundiales
con 22 goles.
También hubo despedidas pesadas. Neymar,
James, Modric, Ochoa y otros nombres grandes
empezaron a cerrar un ciclo que marcó una época.
Y en esa lista de cuentas pendientes sigue Cris-
tiano Ronaldo, con una deuda eterna en la Copa
del Mundo que su carrera, por más gigantesca
que sea, no ha podido saldar.
Mientras tanto, fuera de la cancha el Mundial
hizo lo que siempre hace: llenar estadios, disparar
precios y mover millones. Los boletos costaban
una fortuna, pero aun así hubo llenos totales.
Hoteles, aeropuertos y comercios se desbordaron,
y el evento volvió a confirmar que no hay vitrina
más poderosa para el turismo y la economía que
una Copa del Mundo.
Claro, tampoco faltó la polémica. La FIFA perdo-
nó una tarjeta roja a Balogun de Estados Unidos
y eso dejó servida otra discusión sobre arbitraje,
criterio y conveniencia. Porque en un Mundial todo
se magnifica: el gol, el error y también la sospecha.
En el balance final, este fue un torneo que dejó
más huella que certezas. Reivindicó a Messi, con-
firmó a España, abrió espacio para sorpresas como
Cabo Verde y dejó a varios gigantes mirando al va-
cío. Y eso, en un Mundial, ya es decir muchísimo.■
el mundo unido por un balón
Director Gerardo Mejía
Edición y diseño Paul Gibson V.
Colaboradores: Jaime Villanueva Regalado, Víctor Arrunategui,
Liliana Sierra, Yuneisi Ruiz, Gianfranco Zolla Cordano, Jorge
Choy, Luis Córdova, Henry Babilonia, Miguel Morales, Álvaro
Mejía, Carlo Marcantoni Mejía, Alberto Orellana Aragón, Carlos
Arrunategui Risso, Diego Alonso Cruz-Saco
Editor web: Víctor Arrunategui
Reporteros Gráficos: Sebastián Blanco Salazar, Orlando Francés
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Cape Coral, FL 33990 USA
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GOLDEPORTES
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os relojes nunca derrotan de golpe a los
gigantes. Primero les arrebatan un metro
de velocidad, luego un salto, después una
carrera. Pero hay algo que jamás consi-
guen robarles: la eternidad, la inmorta-
lidad, la vida eterna. En el Mundial de 2026 tres
hombres cruzaron por última vez el túnel que
conduce al estadio. No entraban únicamente a
disputar un partido. Entraban a despedirse de una
época, de una era dorada, de la historia más apa-
sionante, romántica y deslumbrante. Los dioses
también lloran.
JAMES, EL OTOÑO DEL PATRIARCA
Hay jugadores que construyen su leyenda du-
rante veinte años. James Rodríguez necesitó ape-
nas un verano. Brasil 2014
fue su reino. Su zurda con-
virtió el balón en un pincel y
el Mundial en un museo. La
volea contra Uruguay toda-
vía permanece suspendida
en el aire, como si el tiempo
se hubiera negado a dejarla
caer. Aquel gol no solo ganó
un Premio Puskás; convirtió
a Colombia en protagonista
del planeta y abrió las puer-
tas del Real Madrid.
Después llegaron las le-
siones, las dudas y las despe-
didas prematuras que tantas
veces quiso desmentir. Pero cada vez que vestía la
camiseta amarilla ocurría el mismo milagro: el
niño regresaba. En Estados Unidos, México y Ca-
nadá disputó su última Copa del Mundo. El cabello
ya tenía algunas canas invisibles y las piernas ya
no recorrían el campo con la insolencia de los vein-
tidós años. Sin embargo, cuando la pelota descan-
saba en su pie izquierdo, el fútbol seguía hablando
con acento colombiano.
Hay talentos que envejecen. La magia, en cam-
bio, jamás aprende a hacerlo. El tiempo podrá
apagar la velocidad de sus piernas, pero jamás el
brillo de aquella zurda que convirtió un balón en
poesía. Porque hay futbolistas que ganan Mundia-
les; James conquistó algo distinto: el corazón de
Colombia. Mientras exista un niño pateando un
balón entre los cafetales o en una playa del Cari-
be soñando con vestir la camiseta amarilla, James
seguirá jugando el partido más importante de to-
dos: el de la memoria.
MEMO OCHOA Y EL LLANO EN LLAMAS
Guillermo Ochoa nunca necesitó levantar la
Copa del Mundo para convertirse en leyenda. Le
bastó enfrentarse a ella. Cada cuatro años apare-
cía el mismo fenómeno inexplicable. Durante las
eliminatorias era un excelente arquero; cuando
comenzaba el Mundial, se transformaba en un
muro. Brasil, Alemania, Francia o cualquier poten-
cia descubrían demasiado tarde que dispararle era
como intentar derribar una montaña con piedras.
Los últimos
guardianes
del Mundial
Por
ALBERTO
ORELLANA
ARANGÓN
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Sus reflejos parecían desafiar la lógica y su cabe-
llera rizada terminaba convertida en el estandarte
de un país entero.
Cinco Mundiales fueron sus cinco revoluciones.
Como Pancho Villa cabalgando por los desiertos
del norte, Guillermo Ochoa atravesó los campos
de batalla más difíciles del fútbol mundial sin pe-
dir permiso a la historia. El llano estaba en llamas,
los gigantes atacaban, pero México siempre tuvo
un último hombre dispuesto a resistir. Finalmente,
no levantó la Copa del Mundo; levantó algo más
difícil: la esperanza de una nación entera. No con-
quistó la Copa, pero defendió los sueños más su-
blimes y enardecidos. Memo conquisto la historia
de México y eso basta por ahora.
SALAH, EL FARAÓN SIN PIRÁMIDE
Mohamed Salah cargó sobre sus hombros una
nación que llevaba décadas esperando volver a
sentirse importante en el fútbol. Egipto encontró
en él mucho más que un goleador. Encontró un
símbolo. Su velocidad atravesó Europa, conquistó
Inglaterra y convirtió a Liverpool en una potencia
otra vez. Pero los Mundiales fueron una deuda que
el destino nunca terminó de pagarle. Una lesión le
arrebató parte de Rusia 2018 y las oportunidades
siguientes llegaron demasiado tarde para un país
que dependía casi exclusivamente de su faraón.
En 2026 jugó su última Copa. Seguía arrancan-
do desde la derecha como quien desenvaina una
espada curva en pleno desierto. Seguía dejando
rivales atrás con la misma elegancia de siempre.
Pero incluso los imperios conocen el ocaso. Salah
no levantó la Copa del Mundo. Tampoco necesitó
hacerlo para convertirse en el futbolista más gran-
de que haya dado Egipto. Porque existen hombres
que construyen monumentos de piedra. Y existen
otros que los levantan simplemente tocando un
balón. Los dioses egipcios lo incluyen definitiva-
mente en el libro de la vida. ■
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–ALBERTO ORELLANA ARAGÓN
asta el Sol, después de iluminar al mundo
durante todo un día, termina ocultándo-
se en el horizonte. Ni los dioses escapan al
cansancio. Cristiano Ronaldo, el hombre
que durante veinte años desafió la lógica, el tiempo
y la gravedad, también ha comenzado a escuchar el
silencioso tic-tac del reloj. A los 41 años ya no corre
como el viento, no salta hasta el infinito, ni derriba
imperios con cada zancada, pero sigue entrando a
los estadios con la misma autoridad de los reyes que,
aun sin empuñar la espada, gobiernan con la sola
fuerza de su nombre. El Mundial 2026 fue su última
batalla. No levantó la Copa, pero se marchó sabiendo
que no le debía nada al fútbol, porque el fútbol ya se
lo debía todo a él.
EL CAMINO DEL HÉROE
En Funchal, una pequeña ciudad abrazada por el
Atlántico en la isla de Madeira, no nació un prínci-
pe del fútbol, sino un niño que aprendió demasiado
pronto que los sueños también se ganan con hambre.
Cristiano Ronaldo dos Santos Aveiro creció en un ho-
gar humilde, donde el dinero escaseaba, pero la digni-
dad nunca faltó. Su padre era el jardinero y utilero de
un modesto club y su madre multiplicaba el esfuer-
zo para sostener a la familia. Entre calles empinadas,
balones gastados y tardes interminables, el pequeño
Cristiano descubrió que el fútbol podía ser mucho
más que un juego: era la única puerta capaz de cam-
biar el destino de los suyos.
EL LLAMADO A LA AVENTURA
Tenía apenas once años cuando esa puerta fi-
nalmente se abrió. El Sporting de Lisboa lo llamó
para integrar sus divisiones menores y el niño de
Madeira dejó atrás su isla, su familia y su infancia
para comenzar el viaje que lo convertiría en uno de
los futbolistas más grandes de todos los tiempos. El
Cristiano
Ronaldo y
la última
cruzada
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Sporting de Lisboa apenas fue el andén desde don-
de partió un tren sin estaciones. En el club aprendió
lo que es la disciplina.
UN CAMINO DE PRUEBAS
Sir Alex Ferguson lo descubrió y lo llevó al Man-
chester United, donde el adolescente Cristiano dejó
de ser una promesa para convertirse en una tor-
menta. Inglaterra le enseñó a competir, a resistir los
golpes y a ganar. Allí levantó sus primeras Premier
League, conquistó la Champions y recibió sus pri-
meros Balones de Oro. Pero el destino aún le guar-
daba un escenario más grande.
APOTEOSIS REAL
El Real Madrid abrió las puertas del Santiago Ber-
nabéu y Cristiano convirtió el
césped en su reino. Cada tem-
porada parecía una conquista;
cada gol, una declaración de
guerra contra los récords. Nin-
gún futbolista había desafiado
con tanta ferocidad los límites
de la estadística. Más de 450
goles con la camiseta blanca,
cuatro Champions League y
una colección de noches inol-
vidables terminaron por con-
vertirlo en el emperador de Eu-
ropa. Cuando parecía haberlo
ganado todo, volvió a empezar.
RASGUÑA EL CIELO
En la Juventus añadió títu-
los a su vitrina y confirmó que
su instinto goleador no enten-
día de fronteras ni de idiomas.
Regresó al Manchester United para reencontrarse
con sus orígenes y, más tarde, emprendió la aven-
tura saudí con el mismo apetito competitivo que lo
acompañó desde niño. Entre una ciudad y otra fue
dejando una estela de récords: máximo goleador
de la historia de la Champions League, máximo ar-
tillero de las selecciones nacionales, centenares de
goles oficiales y cinco Balones de Oro que certifica-
ron una carrera construida a fuerza de disciplina y
ambición. Mientras otros futbolistas perseguían la
gloria, Cristiano parecía perseguir algo todavía más
difícil: la perfección. Y aunque nunca llegó a alcan-
zarla, estuvo más cerca que nadie.
COMANDANTE DE LOS MUNDIALES
Desde Alemania 2006 hasta Qatar 2022 disputó
cinco Mundiales defendiendo los colores de Portugal
con la misma convicción con la que un capitán condu-
ce a su ejército. En Alemania llevó a su selección hasta
las semifinales; en los torneos siguientes dejó goles
memorables, actuaciones inolvidables y récords que
ampliaron su leyenda, aunque el trofeo más deseado
siempre terminó escapándose de sus manos. Cada
cuatro años regresaba para desafiar al destino con
la misma obstinación, convencido de que el siguien-
te Mundial sería el suyo. No fue así. Pero en ese largo
recorrido convirtió a Portugal en un protagonista per-
manente del fútbol mundial y escribió una de las tra-
yectorias mundialistas más admirables de la historia.
AL LÍMITE DE SUS FUERZAS
El Mundial 2026 no fue el torneo de un futbo-
lista que buscaba demostrar su grandeza; fue el
de un hombre decidido a
completar su obra. A los
41 años, cuando muchos
de sus contemporáneos
ya llevaban varias tempo-
radas retiradas, Cristiano
volvió a ponerse la cami-
seta de Portugal para per-
seguir el único trofeo que
nunca había podido abra-
zar. Cada carrera parecía
un desafío al tiempo, cada
salto una victoria sobre el
cansancio y cada minuto
en el campo un acto de
rebeldía contra la natura-
leza. Ya no era el joven que
atravesaba defensas como
un vendaval, pero seguía
siendo el capitán que em-
pujaba a los suyos con el
ejemplo, la disciplina y una fe inquebrantable en la
victoria.
EL FINAL DEL VIAJE
El sueño terminó en los octavos de final, cuando
España cerró el camino de Portugal. No hubo lágri-
mas de impotencia ni gestos de lamento, porque
Cristiano entendía mejor que nadie que la historia
también se escribe en las derrotas. Se marchó del
Mundial sin la copa que persiguió durante más de
dos décadas, pero con algo que muy pocos alcan-
zan: la tranquilidad de haber entregado hasta la
última gota de su talento y de su esfuerzo. El fút-
bol podrá recordar a muchos campeones del mun-
do, pero solo a unos cuantos hombres que hicieron
del sacrificio una forma de vivir. Cristiano Ronaldo
abandonó el escenario con el deber cumplido. ■
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–ALBERTO ORELLANA ARAGÓN
a historia de Neymar en los Mundiales empezó
con una pena en Brasil 2014 y terminó con un
penal en Estados Unidos 2026. Doce años de
lágrimas, sacrificios y un sueño que el destino
nunca quiso coronar.
Los cuentos terminan cuando el príncipe se convierte
en rey. La vida de Neymar, en cambio, decidió detenerse
una página antes. Pasó muchos años persiguiendo una
corona que parecía escrita para él, desafiando lesiones,
críticas, decepciones y al propio tiempo. Lo intentó todo,
absolutamente todo. Pero el fútbol, ese dios caprichoso
que tantas veces premia y otras tantas castiga sin expli-
cación, le concedió la gloria de ser inolvidable, aunque
nunca el privilegio de sentarse en el trono.
EL PENAL DEL FIN DEL MUNDO
Esta historia comienza con la última batalla. Mundial
2016, Noruega le está ganando 2 a 0 a la Canarinha en
Octavos de Final. De pronto el árbitro cobra penal en
favor de Brasil. Mientras miles de brasileños rezaban
esperando el milagro de la remontada, Neymar tomó
la pelota con una serenidad que solo poseen quienes
aceptan su destino. La acomodó lentamente sobre el
punto blanco. Tomó una breve carrera. Miró al arquero.
Respiró y … se congeló. El Mundial desapareció por un
instante, el estadio dejó de existir. Y, en el silencio de su
memoria, volvió a escuchar el primer latido del sueño
que había comenzado mucho tiempo atrás…
EL COMIENZO DEL MAÑANA
…volvieron a pasar por su mente las calles de Mogi
das Cruzes en Sao Paulo, y su primer encuentro, de niño,
con su más entrañable amigo: el balón. Su padre no le
heredó una fortuna. Le heredó un sueño. Fue entrenador,
consejero, escudo y compañero de viaje. Su madre le
Neymar,
el príncipe
que nunca
pudo
ser rey
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enseñó que la fe también podía jugar de titular. Entre
ambos construyeron una familia que apostó todo por
aquel muchacho que parecía tocar la pelota con una
delicadeza impropia de este mundo. Mientras otros
niños jugaban para ganar, Neymar jugaba para ser feliz.
LA CONDENA DEL TALENTO
Y quizá allí comenzó su condena. Porque el fútbol
moderno perdona al que corre, al que marca, al que
gana... pero nunca termina de perdonar al que se di-
vierte. Con apenas diecisiete años el Santos volvió a
sentirse el club de Pelé. Europa dejó de mirarlo como
una promesa y comenzó a perseguirlo como un tesoro.
Barcelona abrió sus puertas para reunir al tridente más
hermoso de la década junto a Messi y Suárez. Después
llegó París, los contratos gigantescos, las cifras obsce-
nas y una fama que terminó siendo más pesada que
cualquier defensa rival.
EL MAGO DE OZ
Neymar dejó de ser solamente un futbolista. Se
convirtió en un personaje. Cada lesión ocupaba más
portadas que sus goles. Cada fiesta hacía más ruido
que una asistencia imposible. Cada gesto era juzgado
por millones de personas que nunca habían sentido
el peso de cargar sobre los hombros la camiseta más
exigente del planeta. Porque vestir la diez de Brasil no
es un privilegio. Es una sentencia. Antes la llevaron Pelé,
Zico, Rivaldo, Ronaldinho, Kaká. Después le tocó a él. Y
durante más de una década cargó solo con la esperanza
de un país entero.
EL ÚLTIMO BOLETO AL PARAÍSO
Tuvo que esperar hasta el último minuto para es-
cuchar su nombre entre los convocados por Ancelotti.
Cuarta copa seguida, su regreso tras tres años de
ausencia. Era su última oportunidad. El cuerpo ya
no respondía con la insolencia de los veinte años. Las
lesiones habían ido robándole velocidad, continui-
dad y hasta pedazos de alegría. Cada recuperación
parecía una batalla ganada contra el tiempo y cada
entrenamiento escondía el miedo de sentir nueva-
mente ese dolor que tantas veces lo dejó mirando el
fútbol desde una camilla. Pero nunca dejó de creer.
Los grandes sueños suelen sobrevivir incluso cuando
las piernas comienzan a rendirse.
LLEGUÉ, VÍ, INSISTÍ
Brasil avanzó entre dudas y destellos. Ya no era el
equipo exuberante de otras épocas. Tampoco Neymar
era aquel muchacho que humillaba defensas con una
bicicleta y un par de quiebres. Ahora jugaba distin-
to. Pensaba más. Corría menos. Elegía el momento
exacto para tocar la pelota como hacen los viejos
maestros que ya entendieron que el fútbol también
puede ganarse con inteligencia. Cada vez que ingre-
saba al campo parecía quitarle un año de vida. Cada
falta recibida era un recordatorio de todo el sacrificio
recorrido para volver a vestir la camiseta amarilla.
VOLVAMOS AL PENAL
De pronto, despertó ante el penal. Los doce pasos.
Corrió y golpeó el balón. La redonda sacudió las redes
del arquero noruego Nyland. El grito de gol rompió el
silencio. No hubo festejo porque faltaba un gol más para
el empate milagroso, Pero, ya no había tiempo para la
remontada. El árbitro pitó el final. Dentro de Ney estalló
un universo entero. Se desplomó y lloró desconsolada-
mente. Cada lágrima parecía contener una vida entera:
las tardes en el Santos, las noches mágicas con Messi,
las lesiones interminables, las lágrimas de Rusia, las
críticas, los aplausos, las burlas y todas aquellas veces
que escuchó que nunca sería suficiente.
HEXA BRUPTO
Brasil no alcanzó la gloria. Neymar abandonó el es-
tadio con la cabeza en alto y los ojos húmedos. No lloró
únicamente por una derrota. Lloró porque acababa de
despedirse del sueño que había perseguido durante
toda su vida. Nunca levantó la Copa del Mundo. Nunca
pudo sentarse en la mesa de Pelé. Nunca fue coronado
rey. Pero quizá el fútbol necesitaba precisamente eso.
Un príncipe eterno. Alguien que nos recordara que la
grandeza no siempre se mide por los trofeos. Neymar
da Silva Santos Junior logró el cariño de quienes com-
prendieron que, algunas veces, los héroes más grandes
son precisamente aquellos que nunca llegaron al trono.
Porque hay hombres que levantan la Copa, y otros que
consiguen levantar el corazón del mundo. ■
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ay hombres que nacen para ocupar
un lugar en la historia. Manuel Neu-
er nació para cambiarla. Creció en
Gelsenkirchen, una ciudad de minas
de carbón y obreros donde los sue-
ños aprendían a trabajar antes de hacerse reali-
dad. Entre aquellas calles grises apareció un niño
que, en lugar de resignarse a custodiar un arco,
decidió desafiar el destino del puesto más solita-
rio del fútbol. Mientras el mundo seguía creyendo
que un arquero debía esperar, él comprendió que
también podía atacar. Aquel muchacho del Scha-
lke no solo llegaría a ser campeón del mundo; ter-
minaría encabezando una revolución que dividiría
la historia de los guardametas en un antes y un
después.
EL MURO ALEMÁN
Antes de Manuel Neuer, los arqueros vivían
encerrados en su área como reyes prisioneros de
un castillo. Él derribó los muros. No esperó que el
peligro llegara. Fue a buscarlo. Salía veinte, treinta
metros de su arco para cortar ataques, iniciaba ju-
gadas como un mediocampista y dominaba el ba-
lón con los pies con la naturalidad de un volante.
Inventó un oficio nuevo: el portero que también
era defensor, constructor y capitán de la última
frontera. Un auténtico panzer bajo los tres palos,
impenetrable y arrollador.
EL BLITZKRIEG DEL SIGLO XXI
Alemania ganó el Mundial de Brasil 2014 gra-
cias a una revolución que casi nadie advirtió.
Mientras los reflectores perseguían a los goleado-
res, Manuel Neuer estaba reinventando el fútbol
desde la última línea. Los ataques más letales de
Alemania nacían en sus pies, como si cada salida
fuera una ofensiva perfectamente calculada. El
Neuer y la
revolución
de los
guantes
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“Blitzkrieg” ya no avanzaba con tanques; avanzaba
con un arquero. Nunca antes el primer ataque de
un campeón del mundo había comenzado dentro
de su propia portería. Alemania ejecutó una au-
téntica guerra relámpago y conquistó el mundo.
LA CAÍDA DE BERLÍN
En 2026 disputó su última batalla. Ya no volaba con
la misma furia de la juventud, pero cada atajada se-
guía teniendo la dignidad de un viejo mariscal que se
niega a abandonar el campo antes que sus soldados.
Alemania ya no era aquella maquinaria perfecta que
conquistó el mundo doce años atrás, pero mientras
Manuel Neuer permaneciera bajo el arco, siempre
existiría la ilusión de que el imperio podía levantarse
una vez más. El destino, sin embargo, también alcan-
za a los gigantes. La eliminación alemana no solo mar-
có el final de un Mundial; bajó el telón de la carrera del
arquero que transformó para siempre el puesto más
ingrato del fútbol. Aquella tarde no se retiró única-
mente el último gran guardián de Alemania. También
se retiró, a descansar, la historia universal.
Último guardián de Munich
El fútbol no perdió únicamente a un arquero. Per-
dió al hombre que cambió las reglas sin escribir una
sola. Los libros de historia dirán que fue campeón del
mundo. El fútbol, en cambio, recordará algo mucho
más grande: hubo un tiempo en que un guardame-
ta decidió abandonar su arco para conquistar todo el
campo. Parecía una locura. Terminó siendo una revo-
lución.
EL KAISER DE LOS ARQUEROS
Desde entonces, cada arquero que juega con los
pies, que anticipa un ataque treinta metros lejos de la
portería o que se atreve a pensar como un defensor,
habita el mundo que Manuel Neuer imaginó. Porque
las revoluciones verdaderas nunca terminan cuando
se marcha su creador. Continúan cada vez que alguien
se atreve a cambiar el futuro. Ese futuro que Alemania
merece volver a tener con once Neuer dispuestos a
conquistar el mundo una vez más. ■
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ay niños que aprenden a patear una
pelota en un parque. Luka Modric
aprendió a hacerlo mientras las bom-
bas caían sobre su país.
Su primer estadio no tuvo tribunas,
sino edificios destruidos. Su primera banda sonora no
fueron los cánticos de una hinchada, sino el estruen-
do de la artillería. Antes de convertirse en el mejor
mediocampista de su generación, fue un niño refu-
giado que dormía en hoteles improvisados, huyendo
de una guerra que le arrebató la inocencia y, mucho
antes, a su abuelo, asesinado durante el conflicto de
los Balcanes. Mientras el mundo discutía fronteras
con fusiles, el pequeño Luka descubría que una pe-
lota también podía ser una forma de resistencia. Su
salvación estaba escrita en el muro bíblico.
CUANDO CAYÓ EL CIELO
Europa aún no lo sabía, pero desde un pequeño
rincón de Croacia acababa de despegar la bomba
futbolística más elegante del siglo XXI. No destruía
ciudades; demolía sistemas defensivos. No deja-
ba edificios en ruinas; dejaba gigantes de rodillas.
Explotó primero en Zagreb, hizo temblar Inglaterra
con el Tottenham y terminó cayendo sobre Madrid,
donde la onda expansiva se convirtió en una dinastía
de Champions League, Ligas y títulos imposibles de
contar. Su arma nunca fue la fuerza, sino la inteli-
gencia. Europa había sobrevivido a muchas guerras,
pero ninguna tan hermosa como la que desató aquel
pequeño croata con un balón en los pies.
EL HIJO DEL POLVO
Croacia nació entre el humo de la guerra. Modric
también. Quizá por eso jamás jugó al fútbol como un
Luka
Modric y
la guerra
del fin del
mundo
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hombre común. Cada pase parecía un acto de recons-
trucción. Cada partido era una victoria contra un des-
tino que alguna vez quiso enterrarlo entre las ruinas.
Mientras otros futbolistas competían por trofeos, él
parecía disputar algo mucho más profundo: el derecho
a demostrar que la belleza puede sobrevivir incluso al
horror. Porque algunos hombres nacen entre cenizas
para recordarle al mundo que los milagros no descien-
den del cielo: se levantan del polvo.
LA PRIMERA LLEGADA
En Rusia 2018 llevó a un país de apenas cuatro millo-
nes de habitantes hasta una final del mundo. No levantó
la Copa, pero conquistó algo que muy pocos consiguen:
el respeto universal. Aquel verano no solo fue el capitán
de Croacia; fue el comandante de un pueblo que volvió
a creer en los milagros. El Balón de Oro de ese año no
premió únicamente su talento, sino la extraordinaria
historia de un hombre que había derrotado a la guerra
sin disparar un solo tiro. Ocho años después, el calendario
volvió a llamarlo para una última batalla.
APOCALIPSIS YA
Canadá, Estados Unidos y México aguardaban la
última aparición del gran comandante croata. A sus
cuarenta años, las piernas ya no obedecían con la misma
velocidad de Londres o Madrid, pero sus ojos seguían
ardiendo con el fuego del niño que sobrevivió a la guerra.
Cada minuto sobre el césped era un desafío al tiempo,
ese enemigo que nunca concede tregua. Había llegado
una vez más al escenario donde nacen las leyendas,
decidido a desatar su propio Apocalipsis. Porque los
grandes guerreros no entran al campo para despedirse;
entran para librar una última batalla y obligar al mundo
a recordar su nombre.
EL ÚLTIMO JINETE
Portugal eliminó a Croacia en Toronto. El marcador
anunció el final de un partido, pero el fútbol entendió
que estaba despidiendo una época. Modric abandonó
la cancha lentamente, como quien cierra por última
vez la puerta de la casa donde fue feliz. Las lágrimas no
hablaban de una derrota; hablaban de una vida entera
entregada a un sueño. Entonces el Apocalipsis llegó a
su fin. El último jinete guardó la espada, y el silencio de
los estadios confirmó que las leyendas nunca mueren el
día de su derrota, sino el día en que dejan de combatir.
TROMPETAS DEL JUICIO FINAL
Hay futbolistas que serán recordados por sus goles.
Otros, por sus títulos. Luka Modric será recordado por
demostrar que un hombre puede convertir las cicatrices
en elegancia. La guerra quiso enseñarle el lenguaje del
odio. Él respondió hablando el idioma más hermoso
del fútbol. Y quizá esa sea su mayor victoria. Porque las
guerras terminan cuando alguien firma un tratado. Las
leyendas, en cambio, continúan viviendo mucho des-
pués del último silbato. Luka Modric perdió su último
Mundial. Pero venció para siempre al niño que un día
creyó que el ruido de las bombas sería el único sonido
que acompañaría su vida.
ASCENSIÓN AL REINO
Luka Modric no conquistó todas las copas que soñó,
pero venció al enemigo más cruel: el olvido. La guerra le
arrebató la infancia; el fútbol le regaló la inmortalidad.
Alcanzó la vida eterna y llegó a la gloria.
Del cielo ahora solo caen balones de fútbol. ■